No bautizó a nadie, pero evangelizó a las tribus que morían. Un pasionista en la Amazonia

Que lo que llamamos “desarrollo”, ese querer vivir con más cosas cada día, nos está llevando a la explotación de los más débiles, a la sobreexplotación de nuestro planeta… lo hemos oído y leído muchas veces. Todos somos conscientes de ello, el problema surge cuando no queremos renunciar a nuestro bienestar actual.

Desde el mundo de las ONG pensamos que hay otros valores, que hay otra forma de entender nuestra vida y nuestro mundo, que otro mundo es posible.

Pero nos surge la duda, ¿no será, también, otra forma solapada de colonización lo que estamos defendiendo y ofreciendo?

El artículo que viene a continuación lo hemos recogido del blog de Xabier Picaza Ibarrondo. Lo publica a propósito de una nota que escribió sobre Alejandro Labaka Ugarte. Es un encuentro con Koldo, por lo que refleja al final de artículo, misionero pasionista en la selva amazónica durante 40 años.

 

“He publicado una nota sobre A. Labaka Ugarte, obispo misionero, a quien alancearon en la selva de Aguarico, junto a Inés Arango, por haber querido encarnarse en las culturas y en la vida de los indígenas de la selva amazónica, en Ecuador.

Dije en esa nota que Labaka quiso encarnarse, como cristiano, franciscano y obispo entre los grupos étnicos de su diócesis, viviendo con ellos, y compartiendo así su experiencia sagrada; no quiso bautizarles, en principio, desde arriba, sino que le bautizaron ellos, aceptándole en su grupo (en su religión y vida). No dije que no bautizara en absoluto, lo hizo en diversas ocasiones, sobre todo como misionero y obispo de una zona de criollos y de campesinos quechuas, insertos ya en la cultura “convencional” de la tierra. Pero a los amazónicos puros pensó que no era tiempo aún de bautizarles, sino de ofrecerles testimonio de evangelio, mientras seguían amenazados de muerte.

Murió con Inés Arango, mártir de ese nuevo y eterno estilo de misión, que era el de Jesús y el Pablo, el Francisco de Asís y el de tantos misioneros, que antes de ponerse a dar o imponer una religión han querido convivir con la gente, yendo así desnudos, sin ropa de repuesto ni dinero (Mt 10). Quiso encarnarse y convivir entre los grupos étnicos que aún no habían entrado en contacto con la cultura “convencional”, impositiva, de los poderosos, y murió por ello, con Inés, su hermana colombiana.

No hablé nunca con él de su estilo misionero, pues no tuve la suerte de conocerle. Pero he leído bastantes cosas sobre su ideal, y así he sabido que no se sentía llamado a comenzar bautizando a los “indios”, sino a evangelizarles con su vida, conforme al estilo de misión que había propuesto su padre San Francisco, en la pequeña y admirable regla para los misioneros. No hablé con él, pero tuve la suerte de conocer a otro misionero semejante, también guipuzcoano, a quien fui a ver un día (en aquel tiempo, el año 1991), en Ezkio, junto a Zumárraga.

ME LLEVÓ SU HERMANA MERCEDARIA, y pasamos una tarde admirable, de cercanía humana y de conversación teológica. Me dijeron que fuera a hablar con él, que le gustaría conectar con un teólogo. Pero fue él quien me ofreció una de las mayores “lecciones” de vida cristiana que he podido recibir.

Era ya mayor, y había pasado unos cuarenta años en la selva del Perú, en medio de un grupo indígena no integrado en la gran cultura “criolla” o quechua. Pertenecía a la Orden de los Pasionistas, pero podía haber sido dominico/a, franciscano/a, agustino/a o carmelita, jesuita… de alguna otra familia religiosa, de hombres o mujeres. Era un misionero sin más, un enviado de Jesús.

Le pregunté si había conocido a Labaka, y me dijo que sí, habían coincidido en algunas reuniones misioneras. Provenían de la misma tierra, y tenían una misma forma de entender la presencia del evangelio en la Amazonia. Y añadió:

− Él ha muerto por lo que había querido hacer y por lo que hizo, sin que la Gran Iglesia y la sociedad le entendieran demasiado. Tuvo la suerte de tener a su lado una hermana como Inés. Yo… Ya ves, no me han matado, quizá porque no lo he merecido. Peo también he vivido una experiencia hermosa.

− Y ¿qué has hecho, tantos años, en la misión?

− Hacer no he hecho nada. Simplemente: ¡Estar! Como decía san Pablo, Dios no me ha mandado a bautizar, sino a evangelizar (1 Cor 1, 17); como decía san Francisco: ¡Cuando vayas a tierra de misión no empieces enseñando…! No he hecho grandes colegios, como algunos quieren hacer ahora, ni reducciones de indígenas, ni oenegés para ayudarles materialmente. Sin nada fui, sin nada he estado cuarenta años, y sin nada he vuelto. No he hecho más que estar y convivir con los pequeños grupos étnicos, trabajar con ellos y rezar, a su manera y a la mía. He querido que ellos supieran que también nosotros, los cristianos, los occidentales y los blancos, podemos convivir con ellos, sin robarles ni matarle.

ESTÁN CONDENADOS A MORIR

Le pregunté qué significaba eso de que estaban condenados a morir, y me dijo:

− Lo que has oído. Decimos que vamos a llevarles cultura, progreso y religión. Y en el fondo lo único que terminamos haciendo es matarles, pues al contacto con nuestra vida y cultura no tienen más remedio que morir.

− No puede ser, hay grupos que sobreviven… Yo mismo he visto indias amazónizas en Quito y el Lima, en casas de monjas…

− ¡Claro! Las sacan de su tribu para que mueran en la gran ciudad, o para que pierdan su identidad. Hay algunas tribus más grandes que pervivirán, por lo menos durante un tiempo, aunque perdiendo su identidad entre los grupos quechuas y los criollos. Como etnias autóctonas no tiene salida, van a morir pronto.

− Pero ¿no se puede hacer nada?

− Me temo que no. Yo he estado allí cuarenta años, y no sé si los médicos me dejarán volver, y las cosas han ido cada vez peor. Están condenados a morir, sin remedio, casi todos los grupos étnicos pequeños de la Amazonia. Cada año mueren el mundo más de 40 idiomas, que son 40 culturas, 40 religiones (40 grupos étnicos), y de ellos muchos pertenecen a la Amazonia. Algunos llegan a decir que mueren al año unos 60 (idiomas, dialectos, pueblos…). Pero vamos a dejarlos en 40, que para el caso es lo mismo. Yo he visto morir a tres tribus, a mi lado, tres grupos étnicos de la selva amazónica, en la zona donde he vivido. Y seguirán muriendo más en los próximos años, porque la presión del Estado, de las petroleras, de la industria de las maderas, del turismo… es imparable. No tienen remedio. No podemos hacer nada por ellos, sólo estar, como he estado yo, y como están otros misioneros y misioneras, franciscanos, dominicos, etc.

− Pero ¿no merece la pena bautizarles, antes de que mueran? Así hacían nuestras amamas, bautizaban a los niños que iban a morir

− Ya lo sé, y hacían bien, aquí, en estos pueblos. Pero allí, ahora que van a morir, yo no les puedo decir que su religión ha sido falsa, yo no les puedo obligar a que abjuren de su pasado y olviden lo que han sido… No les puedo mentir, diciendo que su Dios era mentira, que su río y su selva no han sido de Dios, no han sido sus dioses. No les puedo pedir que cambien de religión, ahora que van a morir… Mi obligación cristiana, mi tarea como misionero y pasionista, testigo de la pasión de Jesús, es acompañarles en su pasión (que es como la de Jesús). Sí, en otros lugares han bautizado a muchos indios; algunos compañeros míos lo han hecho, pero yo, no he bautizado a ninguno, después de cuarenta años de misión directa. Jesús no me mandó allí para bautizar y agrandar la Iglesia externa, sino para acompañar y ofrecer un pequeño testimonio de respeto, y creo que lo he hecho. Ellos me han “bautizado” de verdad, ayudándome a vivir.

NO SE PUEDE CAMBIAR, HUMANAMENTE

− Pero, ¿no se puede cambiar? ¿No hay remedio?

− Habría remedio, si fuéramos distintos, empezando por la sociedad civil, e incluso por la Iglesia. Si no quisiéramos tomar tierras para nuestro “desarrollo”, si no quisiéramos árboles y petróleo para nuestro mal desarrollo. Si nosotros, los más civilizados, fuéramos “hermanos” y como hermanos les dejáramos ser y les quisiéramos… Pero a nivel de gran sociedad eso parece imposible. Yo, y otros como yo, hemos ido para vivir con ellos, y hemos sido testigos de un inmenso derrumbamiento étnico, de una larga muerte…

− Pero ¿no te da pena? ¿Cómo has podido vivir así?
Una pena inmensa y una gran alegría. Hemos tomado notas de sus viejos idiomas, han venido los antropólogos, les han preguntado, fotografiado… Pero han venido y se han ido. Estar, lo que se dice estar y convivir sólo hemos hecho nosotros, algunos misioneros. Llegué a aprender un idioma que ya nadie habla. Las cuatro o cinco personas que quedaban las han llevado a Lima, o están para morir. Yo sólo he querido que mueran en paz con su pasado. Porque Dios es grande y éstos tienen la salvación asegurada ¿no te parece a ti, que eres teólogo?

− Le respondí que no sé si soy teólogo de verdad… Soy teólogo de libro, he leído muchas cosas, he conseguido escribir algún tratado… Pero ante un problema como este del que hablas no sé responderte. Además, yo no he estado allí, no he pasado como tú cuarenta años… para que al fin te traigan aquí, a tu pueblo, casi a la fuerza, para morir.

− Te han dicho bien… Me han traído casi a la fuerza, para ver si me curan en Donosti. Pero creo que no lo harán, no tengo ya remedio. Quiero que me miren un poco, dar un beso a mis hermanas, estar aquí unos días, en el basherri… y volver después a morir, con mis indios… Y por lo demás, me parece bien que no me respondas, que no me digas nada. Pero veo que mi historia, que es la historia de tantos misioneros, te gusta, porque piensas que es la historia de Jesús, la de Francisco de Asís, la de Pablo de la Cruz… No, no es que yo sea bueno, de eso nada; pero es que he podido estar en el lado bueno, con los que mueren, acompañándoles a morir con dignidad….

DENTRO DE UNOS VEINTE AÑOS…

Así acabó mi conversación con el Pasionista misionero de Ezkio. Al despedirnos me dijo:

− Cuenta un día esta historia, cuando pasen unos veinte años, cuando yo esté bien muerto, pero viviendo en el cielo de los indios amazónicos, con mis aititas. Pero no digas mi nombre, sólo que he sido un pasionista, y que he podido ser feliz… en esta Iglesia, la iglesia de los que mueren sin remedio en este mundo, la iglesia de los que ni siquiera han podido ser bautizados, la iglesia de la presencia callada entre los más pobres de los pobres del mundo, las etnias que mueren cada año.

Así acaba la historia. Han pasado casi los veinte años. Con ocasión del recuerdo de A. Labaka, he querido recordar también la historia de este hermano pasionista de Ezkio. Agur, Koldo maitia.”

 

Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s