Somalia, 23 de septiembre, séptima noche

Día largo. Consulta enorme y rebote con la guerrilla a cuenta de que quieren también ellos la parte que les corresponde de alimentos, agua y material. Disparan al aire al intentar entrar al campo ante la impasividad de los cascos azules. Después de una conversación repleta de gritos, empujones y amenazas se marchan con las manos vacías, pero con más tiros y amenazas de muerte a los “herejes”.

Hoy ha estado todo el día con tormenta de arena, lo que ha dificultado de una forma enorme el reparto semanal de alimento. Es un zumbido constante y cansino y entra arena por todos los rincones: la bomba de extracción de agua está parada (hemos tenido que utilizar el motor diesel de un oruga para bombear el agua), el purificador de aire del quirófano ha dejado de funcionar porque los filtros no dan abasto, lo único que funcionan son las letrinas y los milicianos.

Seguimos dando de alta a enanos que pasan de grado de malnutrición. Hemos decidido M. y yo hacer un censo de mujeres embarazadas y proporcionales un 35% más de calorías hasta llegar, al menos, a 2.000 calorías desde el inicio del embarazo.

Los almacenes están casi llenos. Aún no me han contestado desde PMA a mi propuesta de empezar a preparar un campo para empezar la siembra de mijo.

Hemos aumentado el “rancho” a las cabras para intentar compensar la matanza pasada.

Hoy en “la mosca”, que ha vuelto a volar a pesar del susto de ayer, han traído una caja con una docena de gallinas para completar la dieta de los niños mayores de un año que están ingresados.

En estos días está aumentando el número de personas que llega, una media de 800 al día, con lo que H., ‘el zahorí’, se tiene que poner las pilas para perforar el segundo de los pozos.

Se han detectado en la última noche 22 casos nuevos de cólera. Mucho me temo que van a ser bastantes más de ahora en adelante, ya que todos lo casos son de personas que vienen de la misma zona y han bebido hace dos días del mismo charco (sí, he dicho charco).

Día pesado y tenso, agobiado por el run-run constante de la tormenta de arena.

He intentado hablar con mi relevo, pero me ha sido imposible.

Un pantalón de faena del color de la arena, una camiseta en la que dice que soy un zurdo famoso, unos pies descalzos, un catre de tijera de lona verde de uno noventa de largo por ochenta de ancho, una frontal, Bill Evans en los auriculares, un ordenador que se está quedando sin batería, una sensación extraña de soledad, una noche por delante y hoy no quiero oír nada que no sea jazz y, ojalá, la lluvia que golpee con fuerza la chapa del container y la lona de mi techo…

Usiku mwema, campo Tumaini

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