Somalia, 18 de septiembre, segunda noche

Hemos bautizado el campo como Tumaini, Esperanza en suajili.

El campo descansa. Hace frío. Hemos tardado más de lo calculado en montar el campo, “la cruz”, como se llama en el argot cooperante: es una cruz que está formada por cuatro enormes containers de17 metrosde largo, 4 de ancho y tres de alto separado entre las esquinas por una distancia de10 metros. Ese espacio se cubre con una carpa de lona de14 metrosde radio.

En los cuatro espacios que quedan entre los containers se habilitan zonas de almacén y equipo, vivienda, duchas, cocina, laboratorio, generadores, dormitorios… Y cada container: uno para quirófanos básicos, otro para paritorios, otro para urgencias y el otro para el ingreso en “sala”.

He discutido con el ingeniero por la ubicación del container de quirófanos: parece ser que en francés quirófanos no es lo mismo que “operaciones” y nos hemos enredado en una discusión ridícula. Al final me he salido con la mía.

Tardamos 4 horas y media en llegar al lugar. Los helicópteros nos han seguido con los containers encima de nuestras cabezas.

Hemos salido según la hora planificada. M., la jefa japonesa, me regala un pañuelo, foulard, trapo, bandana, de color ocre “para que me cubra la calva-cartón”. Nos reímos, me besa y me voy con el pañuelo atado a mi cuello.

Me monto en el tercer vehículo. Lo conduce M., en realidad Twiga (jirafa), un sargento burundés que estuvo viviendo con unos padres blancos de Toledo en la misión de Bujumbura donde su madre era la cocinera de los curas. Le llamaban Twiga porque era el más alto de la clase y no cabía en la mesa de la escuela rural que los curas crearon en su misión. Habla un español curioso y cercano, lo cual me va a venir genial para salir de apuros. De todas formas le hubiera venido bien que los padres blancos le hubieran enseñado a conducir un poco. ¡Dios!!!!

A medio camino, a la altura de Badawre, una columna de milicianos nos detiene  para pedir explicaciones de adónde nos dirigimos. No salgo del vehículo. Baja un comandante  enorme del primer vehículo.

El miliciano, delgado y negro como la noche, con un M16 de último modelo, con unas ray ban más nuevas todavía, con unas puma, supongo que recién robadas, y con una camiseta con la cara de Bono (U2), se dirige a él con gestos y palabras que no consigo entender. Por radio les dice a los helicópteros que se retiren (se oye por nuestra radio del vehículo), y ellos dicen que es muy difícil maniobrar con el peso que llevan. Disminuyen la marcha. Después de 15 minutos interminables, se aleja a su toyota relucientemente artillada.

El comandante da la orden de separar más los vehículos, “por si acaso”. En media hora reanudamos la marcha.

Antes, cuando nos reuníamos para analizar la jornada, nos dijo el comandante, polaco por cierto, que nos prohibían recoger a cualquier tipo de refugiado por el camino, porque se consideraría que estamos “colaborando con la emigración del pueblo somalí”, ¡manda cojones!!!!.

Los somalíes han creado un cuadrilátero de500 metrosde lado con alambre cuadrado para limitar el campo. H. ha encontrado un pozo a18 metrosde profundidad que posiblemente se pueda utilizar al menos para lavarse y cocinar.

Según íbamos montando el campo, han ido llegando refugiados, niños famélicos, madres con la tristeza como piel, padres desesperadamente mudos, embazadas constantes, cabras caquécticas,….

Los trabajadores somalíes les han ‘filiado’, les han dado la tienda de lona, una botella de agua de litro y media por persona y día, un litro de leche por niño y día,500 gramosde arroz por persona y día, un paquete de galletas multiproteicas por adulto y día, una linterna solar y un número que tienen que colgar en la tienda de campaña.

Ahora, cuando escribo, están censadas 267 personas, de las cuales 181 son niños menores de 5 años y un rebaño de 6 cabras.

Los trabajadores somalíes paran cada 4 horas para ponerse a rezar cara a la Meca. Les da igual estar ‘filiando’ que excavando el pozo o poniendo el alambre que divide el campo. Para ellos lo prioritario, lo único, es estar en paz con Ala…… posiblemente es porque son los únicos somalíes que comen todos los días.

A las 20,00 M. nos llama. Allí en Moga la cosa esta tranquila. Le comento que aquí, en el campamento Tumaini (me llama cabrón por poner ese nombre), todo va más o menos bien. Me pregunta por M., me confiesa que habían buscado a alguien que supiera algo de español para “no sentirme tan solo”. Me dice que ya ha enviado el correo a mi gente de la lista de correos (por lo que me supongo que habrá llegado a gente que ni siquiera me acuerdo quiénes son ya a estas alturas).

Nos deseamos buenas noches, pero me dice que tengamos los W. T. encendidos y pregrabados.

Hace frío, una camiseta de ACNUR (obligatoria), un pantalón de trabajo color arena, un chaleco y el “trapo” de M. Hay un montón de estrellas, M. se acaba de ir después de fumarse un cigarrillo conmigo. Hablamos de la guerra entre hutus y tutsis (él es un tutsi), en la que él no tomó parte. En la postura de algunas personas religiosas, sobre todo monjas rwandesas, en la matanzas, en la postura inexplicable de los cascos azules en la no injerencia en las matanzas… Se le nubla la vista. Le enciendo otro cigarro. Nos quedamos en silencio…

Usiku mwema, campo Tumaini.

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