Somalia, 19 de septiembre, tercera noche

Se ha corrido la voz y a estas horas, se han ‘filiado’ 1.278 personas. Llegan en mal estado, apenas con lo puesto: unos vestidos repletos de colores, con los pies destrozados, y muchos de ellos completamente deshidratados.

Todo el día con mi Kawe* en el cuello, descansamos para tomar té caliente y alguna galleta que MSF nos ha cedido.

Ayer de madrugada, un grupo de milicianos quiso entrar en el campo, con la disculpa de que ellos también eran somalíes y que tenían hambre. Venían borrachos y posiblemente hasta las cejas de “kasch”. Han tirado al aire, con lo que los cascos azules se han puesto en alarma y les han obligado a marcharse. La noche ha continuado sin contratiempos.

El pozo perforado comienza a funcionar. Podemos ofertar de 30 a 35 litros de agua por persona y día. Hemos ofertado a dos pastores de unas 40 cabras famélicas la posibilidad de cambiar agua por leche: ellos tendrán toda el agua que necesite su ganado a cambio de 25 litros de leche de cabra al día. Uno de los pastores se ha empezado a reír cuando nos ha dicho que eso es imposible: simplemente no pueden dar esa leche, porque “curiosamente” no hay pastos para comer. No es un problema de agua, sino de pastos.  O., el jefe de los trabajadores somalíes, decide que no hay problema: hará pienso con las galletas trituradas y leche en polvo, pero que lleguemos a un acuerdo con él. Firmamos un compromiso dándonos dos veces la mano y yendo juntos de la mano hasta donde están las cabras y el lugar donde se va hacer el redil para ellas.

Nos preocupan los enanos. Las madres les han dejado de dar pecho a los más débiles en la creencia de que ya no tienen remedio y prefieren dárselo a los más fuertes. Tenemos unas dos docenas de enanos en estado caquéctico en el container tres. Si les sacamos de ésta, dudo que no se nos mueran por infecciones banales, como diarreas, sarampión, varicela o neumonía. Esperemos.

Aprovecho la última hora de la noche para escribir  y hacer los informes del día.

M. me espera a que acabe el trabajo para salir, escaparnos a unos 500 metros del campo, fumarnos un cigarro y hablar de cosas que no sean campos, hambre, niños, guerra.

Me cuenta de por qué se metió en esto de los cascos azules: los conoció en su país de adolescente y cuando su familia tuvo que huir a Congo por la guerra, él se quedó en la casa de los padres blancos haciéndose cargo de los carros y de la maquinaria agrícola de la misión. Cuando cumplió 18 años y le llegaron noticias de que su padre había muerto, buscó a su madre y la hizo volver. La escondió donde los curas durante 8 meses.

Cuando llegaron los cascos azules a Rwanda y Burundi en la segunda guerra civil, los curas recomendaron a los mandos que reclutaban intérpretes de francés y kiniaruandes a él como una persona de fiar. Y ahí empezó su periplo de campos, guerras y refugiados.

Hacemos el silencio. Escuchamos la noche….

Le cuento cosas de mi gente, de la mujer que amo, de la vida que tengo al “otro lado”, tan contraria y tan contradictoria, tan loca y tan rápida…., de mi madre de 87 años, edad impensable en estos lugares, de mis amigos incondicionales, de mi playa cercana y soñada, de mi trabajo, de mi familia, de los hijos que la vida me negó…

Hace frío. Desde aquí, sólo se distinguen las lucecitas de la “cruz” que forman los containers y luego la inmensidad del casi desierto, la inmensidad del cielo tan distinto para tantos.

Usiku mwema, campo Tumaini.

* kawe: es una marca de fonendo (creo que alemana) que se diferencia de los demás fonendos en que suelen ser de colores vivos y alegres, en la campana tienen dibujada una cara sonriente y en el medio de la campana tiene una bolita del tamaño de medio garbanzo que no sirve para otra cosa que al auscultar a niños desnutridos esa medio bolita se mete en las zonas intercostales del tórax para oír mejor su respiración y sus ruidos cardíacos.

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